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Autores: Cayetano Santana (csangi@marssociety.org.es) y Juan Antonio Fernández (jfmoreno@marssociety.org.es). Con la colaboración de Pedro Duque. Fecha de publicación: mayo de 2009. "En los siglos diecisiete y dieciocho se podía viajar de Holanda a China en un año o dos, el tiempo, que se ha tardado en viajar de la Tierra a Júpiter. Los costes anuales eran, en comparación, más altos que ahora, pero en ambos casos inferiores al uno por ciento del correspondiente producto nacional bruto. Nuestras actuales naves espaciales con sus tripulaciones robots son los precursores, las vanguardias de futuras expediciones humanas a otros planetas. Hemos recorrido este camino antes". Marte siempre ha estado ahí, llamando nuestra atención. En el pasado comenzó poniendo a prueba la inteligencia de aquellos que intentaban comprender la dinámica de los cuerpos que pueblan la bóveda celeste. Más tarde, cuando aumentaron los conocimientos de nuestro sistema planetario, creció también nuestro afán por encontrar en él las respuestas a las eternas preguntas acerca de nuestra procedencia y nuestro destino. Marte no sólo nos ayudaría a responder estas cuestiones, sino otras muchas. Pero ahora no se trata únicamente de ampliar nuestra comprensión del universo y nosotros mismos. Dada la finitud de nuestro planeta, y teniendo en cuenta que los sistemas económicos actuales basan su estabilidad en el crecimiento continuado, la Humanidad necesita extender su ámbito de actuación. Más allá de los límites impuestos por la atmósfera terrestre existe un inmenso territorio lleno de oportunidades para seguir desarrollándonos.
Marte - Imagen: NASA La Historia nos demuestra que los riesgos propios de la exploración de inhóspitas fronteras nunca nos han detenido. Los continuos avances en seguridad han permitido reducir notablemente las pérdidas asociadas a la aventura de las conquistas humanas, también en lo que refiere al espacio. El empuje creciente de la iniciativa privada espacial -como es el caso de la empresa norteamericana Virgin Galactic- está ayudando de forma significativa a modelar un nuevo escenario. El desarrollo explosivo en el que vivimos actualmente, sólo comparable a los inicios de la Era Espacial, se manifiesta a través de nuevos emprendimientos, como el turismo espacial y la proliferación de otros proyectos privados destinados a colonizar el espacio. No es la falsa euforia de unos entusiastas espaciales, es una realidad que se palpa a diario, como nunca antes.
Estados Unidos anunció de nuevo sus intenciones de ir a la Luna y Marte dentro de su Visión para la Exploración del Espacio, al igual que Europa, dentro del programa Aurora; también Rusia y otras potencias espaciales emergentes. La diferencia es que esta vez se han realizado planes y estudios específicos, se han asignado presupuestos y formalizado contratos, y el objetivo final va más allá de colocar una huella y una bandera. La colonización del espacio, para beneficio de la Humanidad, está comenzando a consolidarse y el planeta rojo parece ser un objetivo común. Si bien el estado actual de la exploración robótica es excelente, su futuro no es menos esperanzador. Casi media docena de naves estudian Marte; los orbitadores Mars Reconnaissance Orbiter, Mars Express y Mars Odyssey, y los rovers Spirit y Opportunity. Y ya están en preparación las misiones Probos-Grunt (2009), Mars Science Laboratory (2011) y ExoMars (2016). Sin embargo, la realidad es que la mayor parte de toda la ingente cantidad de datos científicos que se conseguirá mediante estas y otras misiones robóticas en los próximos 10 ó 15 años y, sobre todo, las conclusiones más importantes que se obtengan gracias a ellas, podrían conseguirse en sólo unos días, a lo sumo semanas, mediante una misión tripulada. Para muchos, es lógico pensar en la necesidad de dar un paso más, un paso obvio: el Hombre debe estudiar Marte de primera mano. Muchas personas, incluyendo importantes científicos, opinan que es innecesario enviar una misión tripulada a Marte. Argumentan que aún no ha llegado el momento, o que, gracias al rápido desarrollo de la tecnología, las sondas espaciales podrán realizar en breve cualquier labor de investigación en Marte; no es necesario mandar humanos allí, ni arriesgar sus vidas, ni disparar el coste de las misiones -los requisitos técnicos para mantener seres humanos en un entorno tan hostil como el espacio elevan exponencialmente la masa de cualquier misión, y por tanto su coste-. Esto es cierto, y no son malos argumentos. Pero las razones para acelerar el envío de humanos a otros planetas, a otros cuerpos, no son puramente científicas, sino más bien sociológicas, culturales, económicas y, casi podríamos decir, de necesidad. Ir a Marte no es derrochar dinero. Con los años ha quedado demostrado que establecerse en el espacio es una inversión, y no necesariamente económica. Del mismo modo sería hacerlo en Marte, pero a gran escala. Con la creación de la llamada "Nueva Frontera", nuestra sociedad posiblemente experimentaría el mismo desarrollo que tuvieron los griegos al extenderse por el mar Mediterráneo o los españoles al descubrir América. Ir a Marte representaría menos de un euro anual para cada europeo, y como declaró Franco Ongaro, director del proyecto Aurora en la Agencia Espacial Europea (ESA), "gastamos en cosméticos una media de 50 euros por persona en un año, y una media de 10 euros por persona al año en ir al cine". Aún así, la rentabilidad de la actividad espacial fuera de la órbita terrestre va más allá de lo meramente económico. Las grandes empresas de exploración han sido costosas, y a la mayoría de sus promotores les ha movido la pasión y el afán de superar retos físicos e intelectuales. En contra de lo que pueda parecer, los mayores obstáculos no son ni económicos ni tecnológicos, sino de voluntad. Una vez más en la Historia, la principal barrera para el Ser Humano no es real. Pero el viaje a Marte ya comenzó hace tiempo, en algún momento de nuestro pasado reciente; cuando las razones para estudiarlo en profundidad fueron más allá de las puramente científicas, cuando las misiones robóticas de las agencias espaciales se diseñaron para buscar depósitos de agua para futuras tripulaciones, para medir la radiación sobre el planeta, cuando se diseñaron máquinas para obtener aire y propelente para cohetes a partir del dióxido de carbono -lo que compone el 95% de la atmósfera marciana-, nuevos trajes espaciales más ligeros y seguros, o sistemas para evitar y repeler el fino polvo marciano. ¿Tendría todo esto sentido o justificación si finalmente el Hombre no viajara a Marte?
Sin embargo, antes de ir a Marte debemos desarrollar y descubrir las claves que nos permitan llegar y, más importante aún, subsistir allí. Con este propósito, en el año 2000 la Mars Society comenzó el proyecto M.A.R.S., siglas en inglés de Estaciones de Investigación Análogas a Marte. Cada estación es un laboratorio de pruebas en donde grupos de voluntarios formados en diferentes disciplinas aprenden cómo vivir y trabajar en otro planeta. Obviamente, Los lugares escogidos para el emplazamiento de estas estaciones son, por sus características y entornos, muy parecidos a los que pudiéramos encontrar en Marte.
Estación MDRS de la Mars Society en el desierto de Utah, EE.UU. Imagen: Joan Roch-Mars Sur Terre Una de estas estaciones es la MDRS, situada en el desierto de Utah, EE.UU. La MDRS es un complejo formado por un observatorio astronómico, un invernadero y un habitáculo o hab de dos plantas, en el que se incluyen laboratorios, almacenes, servicios, dormitorios, gimnasio, cocina, sala de estar y sala de comunicaciones. En él, tripulaciones de seis o más personas conviven durante varias semanas con un objetivo claro, estudiando todas las facetas de la exploración humana e intentando simular de la forma más fiel posible la vida que los astronautas, llamados aquí simunautas, llevarían en la superficie de Marte. Y esto es posible gracias a un estricto régimen de horarios, normativas y protocolos que sus habitantes deben aprender previamente. Se llevan a cabo experimentos multidisciplinarios, investigaciones, pruebas y proyectos de todo tipo. La propia NASA, además de diversas instituciones norteamericanas y europeas, ya han enviado sus expediciones en varias ocasiones. Como es de esperar, en algunos casos es necesario realizar tareas en el exterior del hab, lo que en argot se llama una EVA -siglas en inglés de Actividad Extravehicular- o una EHA -Actividad en el Exterior del Hab. Es entonces cuando se baraja la posibilidad de realizar una EVA de tipo "full sim", utilizando "trajes espaciales" para una simulación completa, formados por sistemas de soporte vital, comunicaciones, localización, etc., manteniendo en todo momento comunicaciones vía radio con la base y el control de la misión. Este tipo de salidas son de gran importancia, pues se trata de demostrar que este tipo de labores, que probablemente tendrán que realizar las futuras expediciones poco después de su llegada al Planeta Rojo, son realmente posibles en tales condiciones. Cabe destacar que en estos casos se incluyen los protocolos simulados de despresurización y descontaminación, siguiendo todos los procedimientos de misión necesarios para trabajar con la seguridad requerida en un medio como el marciano. Además, si la distancia a recorrer desde el hab hasta el objetivo es muy grande, o si el número de desplazamientos es muy numeroso, existe la posibilidad de desplazarse mediante uno o más vehículos todo terreno (ATV).
EVA simulada en ATV - Imagen: Joan Roch-Mars Sur Terre Se espera aprender mucho por medio de estas actividades: cuán efectiva puede ser la investigación científica realizada por personas trabajando en condiciones ambientales extremas; cuánto tiempo puede consumirse para investigación y cuánto debe dedicarse a actividades para conservar la buena salud de los exploradores y la estación; cuáles son los mejores procedimientos para vivir y llevar a cabo un trabajo de investigación en Marte, manteniendo niveles aceptables de seguridad, salud y bienestar; cuán efectivo puede ser el teletrabajo por medio de robots comparado con excursiones humanas de superficie; cuál es el mejor diseño para el hábitat, balanceando las necesidades de la tripulación para soporte vital, realización de trabajo científico, y también relajación y privacidad. Así pues, de forma realista y práctica, el proyecto M.A.R.S. ayudará a establecer los fundamentos para las futuras misiones humanas a Marte.
Interior de la estación MDRS - Imagen: Joan Roch-Mars Sur Terre
Además de la MDRS, la Mars Society posee en la actualidad la estación F-MARS situada en la isla Devon, en el gélido ártico canadiense. En unos años se habilitará la estación Euro-MARS en la región de Krafla, al noreste de Islandia, y está previsto que antes de que finalice esta década se construya una cuarta y última estación en el interior de Australia. El primer viaje a Marte ya ha comenzado, al menos sus preparativos, y es sólo cuestión de tiempo que se lleve a cabo. Buscamos expandirnos, garantizar la supervivencia de la Humanidad y de cada individuo. Está escrito en nuestros genes, y descrito en nuestra historia. Trabajamos desde más frentes que nunca y todos convergen en los mismos objetivos. Con la organización precisa, la coordinación y la suma de todos esos trabajos, seremos testigos de la superación de todos los retos. La recompensa merecerá el esfuerzo. Las posibilidades y oportunidades para la Humanidad serán inimaginables, y nada comparables a las que se nos han presentado hasta ahora. Si las utilizamos bien será nuestra transformación, de especie planetaria a especie solar. Pero esto no será más que el comienzo, la partida. Recordando las palabras del memorable Carl Sagan "Explorar es algo propio de nuestra naturaleza. Empezamos como pueblo errante, y todavía lo somos. Estuvimos demasiado tiempo en la orilla del océano cósmico. Ahora estamos a punto para zarpar hacia las estrellas".
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